A veces, la mente nos dice que deberíamos estar siempre agradecidas y felices por estar en Canadá. Pero la realidad es que migrar con hijos o convertirte en madre en un país que no es el tuyo, es uno de los retos emocionales más grandes. Lee esto con compasión; no estás sola.

Esto es completamente normal si eres mamá y estás migrando:
- Sentirte confundida sobre cómo educar a tus hijos en una cultura con reglas sociales distintas a las que tú viviste.
- Cuestionar tus decisiones y preguntarte por las noches en la cama: “¿Realmente hice bien en traerlos aquí?” o “¿Me equivoqué al alejarlos de México?”.
- Cambiar de identidad: Sentir que ya no eres la misma mujer que eras en tu país, pero tampoco sabes exactamente quién eres ahora en este nuevo entorno.
- Sentir una culpa profunda por que tus hijos estén creciendo lejos de sus abuelos, tíos, primos y de las tradiciones con las que tú creciste.
- Vivir un duelo en silencio cuando ves que tus hijos prefieren hablar inglés o francés antes que el español, sintiendo que una parte de tu conexión con ellos se pierde.
- Sentirte abrumada y exhausta por no tener a tu “tribu” (tu mamá, tu suegra, tus comadres) para pedir ayuda cuando los niños se enferman, hay tormenta de nieve, o simplemente necesitas un respiro.
- Experimentar miedo o frustración (y sentirte pequeñita) al intentar navegar y entender el sistema escolar o de salud canadiense en un idioma que tal vez no es tu lengua materna.
- Tener pensamientos intrusivos de que “les estás arruinando la vida” o de que “nunca van a pertenecer” del todo.
Sentir que tienes que esforzarte el doble para demostrar que eres una buena madre y una mujer capaz frente a los ojos de la sociedad canadiense.
Tu mente te dirá que sentir todo esto significa que estás fracasando. En la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) aprendemos a ver las cosas de otra manera.